No es lo mismo los ochenta que 30 años después

Dicen que el cambio es lo único seguro en la vida, y cómo negarlo cuando a nuestro paso vemos que la ficción alcanzó la realidad. Una voz que resuelve tus dudas en el teléfono inteligente, videojuegos que detectan movimientos, pantallas ultradelgadas, detección dactilar, inteligencia artificial y todo aquello que el mundo de internet nos ofrece. Esto, sin nombrar los pasos agigantados del avance de la ciencia y la medicina gracias a la propia tecnología.

Los grandes detonantes tecnológicos se desarrollaron en los años sesenta como inicio de la Revolución Tecnológica. Ésta abrió paso a los microprocesadores, prototipo de computadores, celulares y el descubrimiento de internet. Sin embargo, algo tan sencillo como el cubo rubik (1974) era la forma de entretenimiento que años más tarde (1977) se vería desbancado por el primer Atari. ¿Qué seguía en aquel entonces?

Los ochenta

A 20 años de la Revolución Tecnológica se comenzaron a materializar inventos como las videocámaras portátiles, el walkman y los videojuegos; los inventos no pararon. En 1980 se comercializó el primer teléfono celular, que no era precisamente delgado (seguramente los niños de hoy pensarían que se trata de una broma). Con el tamaño de un “ladrillo” y una gran antena, el celular se vislumbraba ya como un objeto que daba estatus y poder. Steve Jobs se revelaba ante el consejo de Apple, y prácticamente fue echado de su propia empresa por su forma de pensar. El libre comercio se populariza, y para los años noventa el consumismo estaba en pleno auge.

Sin embargo se conservaban tradiciones sociales, formas y esquemas. Si bien un joven tenía un walkman, no vivía pegado a éste. Las relaciones –persona a persona– llamar por teléfono y el correo tradicional, era la forma de comunicación habitual. Los juegos de mesa ocupaban un gran espacio en el clóset y era una actividad familiar. Cómo olvidar serpientes y escaleras, la lotería, la memoria o basta.

30 años y corriendo

En 1997, Steve Jobs vuelve a Apple y materializa todo aquello que en su momento no pudo hacer. La innovación, la ligereza, lo táctil se hizo posible con el anuncio del iPod (2001). El walkman quedó en el olvido y el diskman pronto se vio sustituido por una tienda de música en línea, iTunes (2003). Industrias enteras se vieron trastocadas por esta ola de innovación.

Sí, sin duda alguna, internet trajo innovación, pero también rompió con tradiciones que los pragmáticos dejaron en el olvido y que los románticos aún anhelamos (y soy millennial). Hace un par de semanas recibí una carta por correo postal; fue emocionante voltear a ver el remitente, abrir el papel, descubrir qué había dentro del sobre. Hoy, los juegos de mesa se concentran en su mayoría en un aparato táctil, cuando extender un tablero sobre la mesa, usando fichas, era emocionante. Qué decir de los álbumes familiares, hoy concentrados en el mismo aparato. El chismógrafo de la primaria sería irreal para los niños del presente. Facebook es su realidad y la de muchos más (me incluyo).

¿Internet rompe tradiciones?

Más que se rompan tradiciones, observo cómo cambian las costumbres, cómo evolucionamos en algunos sentidos y cómo involucionamos en otros. Puedo denominarme tradicional, pero eso no quiere decir que no me guste experimentar, y es ahí donde transita el cambio generacional, en que los millennials son los maestros de sus padres, baby boomers en su mayoría, que deben estar abiertos al cambio, a la par que inculcan a sus hijos, nativos tecnológicos, de dónde venimos. Donde es válido apelar a una reunión con los amigos con los celulares colocados boca abajo; donde las conversaciones diarias no estén mediadas por la tecnología; donde tu privacidad no quede en las manos de los emporios tecnológicos o, peor aún, de los espías de la red.

No es lo mismo los ochenta que 30 años después, pero eso no significa que se tire por la borda lo tradicional. El cambio es una constante y nuestra convivencia con un mundo inevitablemente conectado debe ser, coloquialmente dicho, ni muy muy, ni tan tan. Apelo, pues, a la apertura al cambio, a la evolución, al equilibrio, y no a la involución y desequilibrio social, que, para bien o para mal, internet también trajo consigo.

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