Crónica de una millennial chilanga en la oficina

Son las 9 a.m. y el elevador que llevará a Paulina a su abnegado trabajo aún no llega. Muchos se desesperan, pero ella en realidad ni se da cuenta de que ya se tardó, porque aprovechó para contestar todos los mensajes de sus grupos en Whatsapp, revisar quiénes cumplen años gracias a Facebook y de paso leer un newsletter de ofertas y hasta un correo del trabajo.

Su jefe le llama para decirle que se encuentra en el tráfico y que no llegará a la junta, por lo que Paulina se apresura a alcanzar a sus colegas antes de que se den cuenta de la olímpica ausencia de su área. Pero para sí misma, recuerda que muchos de sus amigos hacen llamadas o juntas por videoconferencia y Home Office, justamente para incrementar su productividad y generar un mejor ambiente de trabajo.

Para ella también es fundamental la flexibilidad de poder disponer mejor de su tiempo, y considera que así la gente se ahorraría el estrés de los traslados en una ciudad como el DF, o podría organizarse mejor para realizar trámites u otras actividades sin tener que estar atados a un horario de oficina. “Lástima que al entorno laboral mexicano le falta mucho por avanzar en ese sentido”, reflexiona. Luego, viene a su memoria que Marissa Mayer eliminó ese tipo de prestaciones en Yahoo! y ya no está tan segura de cuál es el mejor camino para el equilibrio entre lo que las corporaciones y los empleados necesitan.

Sabe que no debería, pero en los momentos muertos de la junta Pau revisa el menú de diversos restaurantes para elegir su comida del día a través de una app. Acaba de recibir un cupón, y no piensa perder la oportunidad de al menos una vez a la semana no ir a la misma fondita de comida corrida. No la malentiendan: Comer allí está divino y a buen precio, pero para su espíritu indomable y libre, la costumbre mata su amor, incluso por la comida.

Ya de vuelta en su cubículo, Paulina se conecta a Skype, Facebook, Twitter, Linkedin y Google Hangouts. Cuando su jefe llega, le increpa que cómo es posible que esté en redes sociales en lugar de trabajar. Nada más falso para alguien de su generación: a través de estas páginas conversa con proveedores, agencias, socios, clientes, influenciadores… ¿Cuántas veces no se enteró antes de un acuerdo que cerraba otra área gracias a su timeline y pudo preparar los documentos con antelación? ¿O no se acuerda de que la nueva traductora simultánea les fue recomendada y les mandó la cotización el mismo día en que la contactaron porque la etiquetó un amigo en un post?

Pero lo que más le choca a Pau es que le marquen al teléfono de la oficina para cosas que se podrían resolver en un santiamén a través de cualquiera de las plataformas en las que se encuentra conectada (porque no siempre está pegada a su teléfono fijo). En ese momento es cuando se da cuenta de que muchas personas no están en su sintonía.

Mientras con sus contemporáneos se puede comunicar vía mensajes de audio, escritos o incluso videítos (y hasta por dichos medios se mandan documentos), algunos no tienen ese gusto por los mensajes instantáneos y – es más – para las instituciones lo oficial debe quedar escrito por correo (electrónico, al menos). En lo más profundo de su ser, sabe que si almacena el historial de las conversaciones, también queda todo “por escrito”; sin embargo, reconoce que es importante “conectar” con todos, incluso con los que tienen una diferente forma de ver la vida y el trabajo.

Cuando le hablan sobre un término, una abreviatura o un concepto que nunca había escuchado, lo primero que hace Pau – como todo buen millennial con acceso a Internet- es “googlearlo”. ¡No tiene idea de cómo las personas hacían negocios antes de que se pudiese encontrar la información a un clic de distancia! Y cuando sus papás le explican la importancia del fax y de que no existían celulares, mucho menos directorios en línea, no se imagina que en realidad se concretaran los proyectos si la gente y las soluciones que uno necesitaba no se podían localizar fácilmente.

Ya casi se acerca el final del día laboral. Como buen Godínez, el cuerpo ya le pide un descanso. A la vez, sus amigos le exigen reunirse para unas bebidas coquetas en La Condesa con el pretexto de una invitación que ya había aceptado hace semanas y cuyo recordatorio recibió hace 15 minutos.

Para escapar del tráfico y de cualquier pendiente que la atrape dos horas más en uno de los rascacielos de la capital, decide tomar un Uber antes de que las calles en Waze se pongan de color rojo sangre, lo que indicaría que ya de plano la ciudad caótica de México está intransitable.

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